Por Glen Santamaria
Si nadie te discute nunca una idea, puede ser porque sos brillante. O porque te rodeaste de gente demasiado amable.
En negocios, la fricción intelectual es incómoda pero valiosa: alguien hace la pregunta que vos no querías hacer, encuentra el supuesto flojo o te obliga a explicar una decisión que parecía obvia hasta que tuviste que decirla en voz alta.
Antes de ejecutar, buscá una objeción inteligente
Supongamos que querés sumar un socio 50/50 porque “hacemos todo juntos”. Una buena fricción sería preguntar qué pasa si dentro de un año uno trabaja 60 horas y el otro 10, cómo se destraba una decisión empatada o qué ocurre si alguno quiere salir.
No es negatividad. Es diseño.
Lo mismo con una segunda LLC. “Quiero separar riesgos” suena lógico. La siguiente pregunta es: ¿qué riesgo concreto estás separando? Si no podés nombrarlo, quizá estés sumando estructura sin resolver nada.
Podés incorporar este hábito con una especie de abogado del diablo interno. Antes de una decisión importante, escribí tres razones por las que tu idea podría ser mala. Después buscá a alguien capaz de agregar una cuarta.
Esto funciona especialmente bien con decisiones difíciles de revertir: socios, contratos, inversiones grandes, presencia física, contratación de equipo o cambios estructurales.
No se trata de convertir cada paso en una audiencia judicial. La mayoría de las decisiones cotidianas no lo necesitan. Pero cuanto mayor sea el costo de equivocarte, más útil es una mirada que no esté enamorada de tu primera idea.
Eso sí: fricción no significa discutir por deporte. Una objeción útil trae una razón, un escenario o una pregunta mejor. “No me gusta” agrega poco. “¿Qué pasa si el socio quiere salir en doce meses?” ya obliga a diseñar una respuesta.
La gente que siempre te da la razón te hace sentir bien. La gente que te ayuda a encontrar el agujero antes de que sea un problema puede hacerle bastante más bien a tu empresa.





